POR EL PROF. LUIS SELLÁN.
En este mes de marzo se cumplen cincuenta años del inicio de la última
dictadura cívico-militar en la Argentina. Cada aniversario nos convoca,
indefectiblemente, a ejercitar una memoria activa del horror, como enseñanza
permanente para que nunca más volvamos a vivir un pasado tan oprobioso.
Sin embargo, a medio siglo de aquel golpe, no podemos dejar de
estremecernos ante los tiempos actuales, marcados por el surgimiento de nuevas
derechas y discursos libertarios. Increíblemente, volvemos a discutir
cuestiones que creíamos definitivamente saldadas: la propia dictadura, el valor
de la democracia, el sentido del trabajo, la importancia de la salud pública y
el rol de la educación.
En este contexto de memoria activa —y también para comprender mejor lo
que nos sucede hoy— resulta necesario recordar la lucha que dimos los docentes
durante la etapa neoliberal del peronismo menemista y luego durante su
continuidad en el gobierno de la Alianza (UCR-FREPASO), hasta el estallido
social de 2001. Una lucha que también tuvo su expresión en nuestra ciudad de
Zárate.
El gobierno de Carlos Menem, en el marco de su política neoliberal de
ajuste, empobrecimiento y desguace del Estado —a lo que podemos agregar el
indulto a los genocidas— eligió también a la educación pública como uno de sus
objetivos a transformar y debilitar. La aplicación de la llamada Ley Federal de
Educación implicó profundas modificaciones en el sistema: la “primarización” de
la escuela secundaria, la reducción a su mínima expresión de la educación
técnica y el desfinanciamiento de las universidades.
Estas medidas fueron claros síntomas de una política que buscaba
redefinir el rol del Estado en materia educativa. Los gremios docentes, por su
parte, mantuvieron posiciones ambiguas. Si bien declaraban su oposición a las
reformas y acompañaban los reclamos salariales, muchos esperaban ver cuáles
serían los resultados de la nueva ley.
En ese contexto, el sindicato docente SUTEBA, integrante de la recientemente
creada CTA, impulsó en 1997 una forma de protesta tan original como impactante:
la instalación de la Carpa Blanca frente al Congreso de la Nación, con
la consigna del ayuno docente. Aquella carpa se convirtió rápidamente en un
símbolo de la lucha por la educación pública y en un fenómeno político, social
y cultural de alcance internacional. Durante su permanencia, cientos de
artistas, intelectuales y personalidades del país y del mundo pasaron por ese
espacio para expresar su solidaridad.
Con el paso del tiempo, el conflicto fue perdiendo intensidad.
Finalmente, durante el gobierno de Fernando de la Rúa, la Carpa Blanca fue
levantada tras acordarse la creación y el pago del incentivo docente.
Zárate y los profesores secundarios
Nuestra ciudad no estuvo ajena a ese proceso de lucha y debate. En
Zárate, el malestar se expresó con particular fuerza en el ámbito de la
educación secundaria y técnica. La reforma había “primarizado” la secundaria,
los contenidos resultaban confusos y el nivel académico parecía deteriorarse.
En muchos casos, la escuela comenzaba a transformarse más en un
contenedor de la pobreza que en un verdadero ámbito de formación. Los docentes,
además de atravesar situaciones de precarización y bajos salarios, nos veíamos
presionados por un sistema educativo que claramente no funcionaba. Incluso
algunos compañeros dejaron su vida en medio de ese contexto de tensión y
desgaste.
Muchos de nosotros tampoco nos sentíamos plenamente representados por la
dirigencia sindical, que —más allá de los conflictos salariales— mantenía
todavía una mirada relativamente favorable hacia la Ley Federal de Educación.
En ese clima de descontento, en abril de 1997 un grupo de profesores
secundarios decidimos organizarnos y marchar desde la sede del viejo Colegio Nacional
hasta el municipio. Nuestro objetivo era entregar un petitorio en el que
reclamábamos, fundamentalmente, la derogación de la Ley Federal de Educación.
Fue una movilización de profesores autoconvocados. Al llegar al edificio
municipal fuimos recibidos por los concejales García Blanco, del Partido
Socialista, y Joel Benech, de la Unión Cívica Radical. Aquella acción generó
cierta turbulencia política y sindical, sobre todo en las hasta entonces
adormecidas dirigencias gremiales locales, que rápidamente nos convocaron a
dialogar. La pregunta que flotaba en el aire era inevitable: ¿qué era esto
de profesores autoconvocados?
Nuestro objetivo inmediato —hacer visible el malestar y la demanda del
sector— estaba cumplido. Habíamos logrado decir: aquí estamos, somos los
profesores secundarios y queremos ser escuchados.
Pero también sabíamos que una lucha aislada tenía pocas posibilidades de
sostenerse en el tiempo. Por eso, muchos de quienes habíamos participado en
aquella movilización decidimos afiliarnos al sindicato y dar la pelea desde
adentro.
En 1999 logramos construir la agrupación Lista Blanca y ganamos
la conducción local de SUTEBA, hasta entonces en manos de la histórica Lista
Celeste. A partir de allí comenzaría otra etapa —o quizás la misma, pero en un
nuevo escenario— de intensa lucha sindical y política, que será motivo de una
próxima nota.
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